viernes, 5 de diciembre de 2014

MUSEO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

LA FUENTE DE LA SIRENA
El antiguo Palacio de los Condes de Santiago de Calimaya actual Museo de la Ciudad de México, está ubicado sobre la avenida Pino Suárez a varias cuadras de la Plaza de la Constitución (Zócalo). Es un museo, un hermoso palacio virreinal cuya construcción se remonta a 1536. Desde entonces el edificio ha sido remodelado y modificado en muchas ocasiones, tanto en su aspecto como en su funcionamiento, habiendo servido desde palacio de nobles familias hasta vecindad.
Tiempo atrás, allá por el siglo XVIII, en ese Palacio, habitado entonces por los Condes de Santiago de Calimaya, Virrey de la Ciudad de la Nueva España, lucia su aspecto original, con el tiempo se ha tratado de mantener su esplendor, ahora cuenta al frente con enigmáticas gárgolas de desagües e impresionantes cañones. Con una puerta magnifica, toda tallada de roble, con los escudos de la época, se abre a dos alas, su patio neoclásico, bellísimo, el cual tiene tres lados con arcadas, y uno ciego, en conjunto maravilloso y adosada una espectacular fuente de cantera.
En dos plantas con patio central techado, en el primer piso, la Capilla, la Sacristía, ya que así era por costumbre asistir a misa diariamente, además, estaba mal visto que las mujeres de abolengo salieran seguido a la calle y convivieran con el pueblo. Por lo cual, era común que las mansiones señoriales contaran con una capilla privada con su correspondiente sacristía. Una escalera magnifica, subida y desplegada en dos, recibiéndonos unos feroces felinos, y coronada por un candil.
Se cuenta una historia, como muchas las leyendas que hay en el Centro Histórico, pero esta es especial pues trata sobre esa espectacular fuente que podemos apreciar ahí en el Palacio de los Condes. La leyenda nos dice que, los Condes tenían una hija, muy bella que cometió el mas grande de los pecados, enamorarse si, pero, de un plebeyo de un criado, tal vez mestizo. Por lo cual el Padre, el Virrey, hizo que corrieran al criado, quien había puesto sus ojos en su querida hija y eso no era posible, así que el criado se marcho, esto provoca la tristeza de la hija, que empezó a estar muy triste, tan triste, que se enfermo y de eso se dice que murió.
El Padre estaba desesperado, el sentimiento de culpa lo invadía, pensaba, si yo hubiera dejado a mi hija, que fuera feliz, no hubiera muerto. Entonces sin saber el verdadero motivo (tal vez el remordimiento), mando construir una fuente y los artesanos tallaron en cantera esa fuente con una sirena muy bella que tocaba la guitarra, el Padre creyó que su culpa estaba sanada, pero cada noche que se iba a acostar, se asomaba y veía hacia la fuente con la sirena al frente, y cuentan que al mirarla de nuevo, la sirena alzaba su vista y se posaba en la Capilla del Palacio, en la esquina norte a la izquierda. Y ahí miraba, como rezando. Cuenta la leyenda que todos los días, acontecía lo mismo, el Padre, muy preocupado, se lamentaba de lo que había hecho, y la culpa lo persiguió mucho, mucho tiempo, hasta el día que murió.
En octubre del año 1964 el Departamento del Distrito Federal decreta que el inmueble se convierta en la sede del Museo oficial de la Ciudad de México, en donde a estos días uno puede visitar exposiciones, obras y este tipo de leyendas que ahí con su gran arquitectura nos hablan de tantos años que han trascurrido por sus muros.

domingo, 9 de noviembre de 2014

CABALLITO DE CARLOS IV

OBRA DE MANUEL TOLSÁ
La proclamación en 1788 de  Carlos IV, como nuevo Rey de España, dio lugar a que don Ignacio Costera  y don Bernardo Bonabia  hicieran la propuesta al Virrey de Revillagigedo de construir dos estatuas ecuestres en honor tanto del nuevo Rey Carlos IV, como de su antecesor  Carlos III. Por falta de recursos solamente pudo construirse una de ellas, la de Carlos IV, y fue colocada en la Plaza Mayor sobre un pedestal de mármol, pero tuvo que ser  tallada en madera  por Santiago Sandoval indígena del barrio de Tlatelolco. Como era de esperarse esta estatua tuvo una corta duración y al cabo de dos años se encontraba prácticamente destruida.
Para el 12 de julio de 1794, un nuevo virrey llegó a la Nueva España, don Miguel de la Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte que había dejado muy mala reputación en España, por una serie de actos de corrupción que indujeron a Carlos IV a llamarle fuertemente la atención. Para congraciarse con el rey,  Branciforte envió una carta solicitándole que accediese a que  en la Plaza Mayor de México se le erigiese una nueva estatua ecuestre en bronce, que substituiría a la anterior ya desaparecida. En aquella  carta se decía que la escultura tendría un costo de 18,700 pesos, pero que serían cubiertos en su totalidad  por el mismo virrey. Anexos se enviaron los proyectos de la escultura y del pedestal que habían sido diseñados por el arquitecto y escultor don Manuel Tolsá, por aquel entonces el Director de Escultura en la Real Academia de San Carlos.
Manuel Tolsá nacido en España, salió de Cádiz en febrero de 1791 y llegó a México en ese mismo año, venía para asumir el cargo de Director de Escultura de la Academia de San Carlos de muy reciente creación. Para entonces el prestigio de Tolsá era ampliamente reconocido en España en donde había sido escultor de cámara del rey. A su llegada a México Tolsá participó en distintos proyectos, entre ellos los de supervisión de las obras del desagüe del Valle de México, la nueva introducción de aguas potables y los Baños del Peñón. Para obtener el título de académico de mérito en arquitectura, presentó tres dibujos, uno de ellos con el proyecto para la erección del Colegio de Minería.
Por tal motivo cuando Manuel Tolsá fue llamado para realizar el proyecto de la escultura de Carlos IV, ya tenía una amplia experiencia y una reconocida trayectoria en México. Para mediados de 1796 en que Tolsá inició sus trabajos, las dificultades no se hicieron esperar al no poder reunirse  los 600 quintales (un quintal es igual a 46 kilogramos por lo que hablamos de 27.6 toneladas) de metal necesarios para la fundición. Tolsá, suspendió los trabajos y recurrió a una solución alterna, que consistía en realizar una  escultura  provisional tallada en madera, mientras se obtenía el mineral requerido. Después de enfrentar varios problemas, por fin la escultura estuvo terminada.
Finalmente y ya durante la época en que la Ciudad de México buscaba extenderse hacia el poniente el bronce fue llevado al cruce del Paseo de Bucareli (Antes Paseo Nuevo) y la Avenida Juárez (antes del Calvario). La decisión la tomó el entonces alcalde de la Ciudad de México, Miguel Lerdo de Tejada, quien decidió que el proyecto para elaborar el pedestal donde se instalaría el bronce sería Lorenzo de la Hidalga. El traslado de la escultura inició el 3 de septiembre y terminó el día 24, cuando finalmente fue depositada en su nuevo pedestal. Ahí compartió el cruce con los Indios Verdes, que fueron colocados en 1891 y retirados años después. El Caballito se convirtió en un punto de referencia de la capital. Bordeada por el Toreo, la naciente colonia Tabacalera, el creciente comercio en Bucareli, y la llegada del tranvía eléctrico. A su lado se construyeron nuevas vialidades  para la llegada de los vehículos a motor.
En 1979, autoridades del Departamento del D. F., del Instituto Nacional de Antropología e Historia y del Instituto Nacional de Bellas Artes determinaron que el caballo realizara su última cabalgata. El 27 de mayo, la escultura fue retirada del emplazamiento que tuvo durante 127 años, y “empaquetada”. El 28 de agosto, la escultura fue inaugurada en la plaza bautizada con el nombre de su autor, Tolsá, en la calle Tacuba; donde se encuentra el Museo Nacional (MUNAL) y el Palacio de Minería.

viernes, 31 de octubre de 2014

EL PALACIO DE MINERÍA

LOS METEOROS EN EL CENTRO HISTÓRICO
Justo en el centro de una de las ciudades más grandes del mundo el D. F., hay expuestos para los curiosos y visitantes que gustan de los misterios del espacio cuatro moles de metal que llegaron del cielo. Se encuentran en uno de los palacios con varios siglos de historia en el Centro Histórico, en un edificio de gran importancia y del cual aquí conoceremos un poco más de esa edificación y de esos visitantes del cielo.
El Palacio de Minería constituye la obra maestra del neoclasicismo en América. Planeado y construido de 1797 a 1813 por el escultor y arquitecto valenciano Manuel Tolsá para albergar al Real Seminario de Minería, a fin de formar académicos especialistas en la explotación de minas. Se encuentra en la Ciudad de México en la calle de Tacuba frente a la Plaza Manuel Tolsá, inaugurada en 1979 con la colocación de la escultura ecuestre de Carlos IV conocida como “El Caballito”, pieza elaborada por este gran artista.
El majestuoso monumento de elegancia de formas y exactitud de proporciones en el que se conjugan luz, espacio y funcionalidad, es una de las construcciones más relevantes dentro de la arquitectura mexicana; forma parte del patrimonio artístico y cultural de la Universidad Nacional Autónoma de México y se encuentra bajo el resguardo de la Facultad de Ingeniería.
Forman parte de su arquitectura: la extraordinaria Antigua Capilla, el Salón de Actos, el Salón del Rector, el Salón del Director, la Galería de Rectores y la Biblioteca, conservándose en algunos de ellos ejemplos de magnífica pintura mural (S. XIX); y el recientemente creado Museo de homenaje a Manuel Tolsá en el que es posible contemplar obras del artista valenciano y de personajes de su época. A estos recintos se suman cinco patios; el principal en dos cuerpos, enmarcado con arcos, bellas pilastras y singulares columnas, da acceso a una señorial escalera.
Y a la entrada de este importante inmueble, es donde uno puede apreciar estos cuatro meteoros que han caído en el territorio nacional en especial al norte del país. La importancia y relevancia de estas moles del espacio es muy trascendente, se ha llegado a teorizar que los meteoritos son como el polen del Universo, los sembradores de vida, pues se cree que fue uno de estos visitantes el que contribuyo a formar ese caldo de cultivos bacteriológicos del que mucho tiempo después, emergió el primer ser vivo en la tierra, pero también pueden causar graves cambios en donde caen y para nosotros ahora un visitante de mayores proporciones podría acabar con la vida en el planeta. Y es ahí donde los amantes por los visitantes siderales, pueden ir a ver y apreciar algo de lo mucho que constantemente cae en nuestro México, en el planeta.

domingo, 28 de septiembre de 2014

HOSPITAL DEL DIVINO SALVADOR

UN LUGAR PARA MUJERES DEMENTES
Cuando el maestro ensamblador José de Sáyago otorgó asilo en su propia casa a una prima de su mujer que sufría de demencia comenzó también a albergar mujeres dementes que deambulaban sin asilo por las calles. La noticia de esta obra de caridad llegó a los oídos del Arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas quien decidió apoyar a Sáyago con limosnas. Poco después el arzobispo Aguiar y Seijas pensó que sería prudente mudar la obra de Sáyago a un lugar más adecuado, ya que la casa del maestro ensamblador era inadecuada para prestar un servicio tan importante. El Arzobispo logró llevar a las enfermas de la casa de Sáyago a un sitio más apropiado frente al Colegio de San Gregorio.
En 1689 el arzobispo Aguiar y Seijas fallece, lo que provoca que Sáyago y las mujeres dementes se vieran sin los medios para sobrevivir. Esta situación por suerte no duró mucho, ya que los padres de la Compañía de Jesús y los pertenecientes a la Congregación del Divino Salvador decidieron mantener con limosnas a las enfermas asiladas. En este momento se comienza a conocer al hospital: Divino Salvador (con el nombre de la congregación que lo patrocinaba). Lo primero que se decidió en la Congregación acerca del hospital fue mudarlo a un espacio más adecuado a sus necesidades que aquél que ocupaban frente al Colegio de San Gregorio. Se encontraron con un sitio en ruinas ubicado en la calle de Canoa (hoy calle de Donceles), donde se podría erigir un edificio que albergaría al hospital.
Sólo un año después, en 1700, las enfermas comenzaron a mudarse al edificio, recientemente levantado, de la calle de Canoa. En 1700 comenzó a funcionar el Hospital del Divino Salvador en su nueva ubicación. La Congregación del Divino Salvador siguió haciéndose cargo de él hasta la expulsión de los jesuitas en 1767 cuando el cuidado del hospicio pasó a manos del Real Patronato. Durante los años en los que estuvo en manos de la congregación y los jesuitas, el hospital se convirtió en uno de los mejores hospicios de la Nueva España.
La congregación procuró ampliar las instalaciones del hospicio comprando distintos terrenos aledaños y adecuándolos a las necesidades de las enfermas. Lamentablemente el cuidado del Real Patronato al hospital no fue el mismo y éste cayó en decadencia. Al iniciar el siglo XIX el virrey Félix Berenguer de Marquina decidió realizar una ampliación de las instalaciones del hospital para que pudiera cumplir de mejor manera sus servicios. Las obras fueron realizadas por el arquitecto José Joaquín García de Torres y se concluirían en 1809.
Al independizarse la Nueva España, el Hospital del Divino Salvador, pasó a las manos del Ayuntamiento y en 1847 al cuidado de las Hermanas de la Caridad. En el año de 1910 las enfermas del Hospital del Divino Salvador fueron mudadas al nuevo Manicomio General de La Castañeda. Hospital recién construido bajo el mando de Porfirio Díaz en el marco de las celebraciones por el Centenario de la Independencia de México. Actualmente el edificio del Hospital del Divino Salvador alberga las oficinas de la Secretaria de Salud y el archivo histórico de la misma institución. El edificio aún se encuentra en pie en la Calle de Donceles en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

domingo, 8 de junio de 2014

LA PIRÁMIDE DEL METRO PINO SUAREZ

EL DIOS DEL VIENTO EHÉCATL
Por Roberto S. Contreras Esparza

Vivimos en una gran ciudad que se erigió encima de otra por tal motivo, es hasta “común” encontrar vestigios de esa grandeza de nuestro pasado, lamentablemente, muchas veces por ignorancia o desinterés vemos edificaciones increíbles a las que no les prestamos la atención que merecen, pero cuando les damos un poco de atención, cuando nos paramos a ver sus detalles y a conocer lo que representan, nos damos cuenta de toda la historia que se ha depositado ahí, en ellas a través de los años y nos hace pensar e imaginar en sus constructores, que función tenían, para que las hicieron y sobre todo, de esa vibra acumulada a través del tiempo. Como es lo que sucede con esta construcción, la Pirámide del Metro Pino Suarez.

El icono utilizado en la estación metro Pino Suarez, representa a la pirámide ubicada sobre el trasborde de misma estación en la Ciudad de México. Esta construcción está relacionada con el dios Ehécatl (dios del viento) y para algunos estudiosos de la cultura mexica, Ehécatl era tan venerado como Tláloc o Quetzalcóatl. La pirámide fue descubierta durante las excavaciones para la construcción de la estación Pino Suárez y señala el límite sur de la gran Tenochtitlan. Y ese emplazamiento único y privilegiado, hace que sea contemplada cada año por 54 millones de personas, que por comparar, es 21 veces más que las personas que visitan la Zona Arqueológica de Teotihuacán. Obviamente, esta visita se debe al flujo de las personas y es involuntaria y no así la de Teotihuacán.

Es la Zona Arqueológica más pequeña de México puesto que solo ocupa un espacio de 80 metros cuadrados. Y afortunadamente se ha restaurado y se conserva el sitio para el aprecio de quien quiera verla. Esta pirámide forma parte de un gran recinto ceremonial localizado en la calle de José María Izazaga. Contaba con un gran patio, escalinatas en tres de sus lados, varios adoratorios colocados en el centro, habitaciones conectadas entre sí por pasos exteriores, canales y muros que constituían un corredor de acceso de la calzada de Iztapalapa a México Tenochtitlan.

La mayor parte de las estructuras fueron destruidas durante la construcción del metro, aunque se pudieron rescatar algunas piezas depositadas en su interior como ofrendas. La más famosa de ellas es la figura conocida como “La monita”. Una extraña y rarísima escultura labrada y pintada en rojo y negro, que representa la figura de un mono que lleva la máscara bucal del dios del viento Ehécatl.

Una de las características de esta pirámide, es que cuenta con cuatro grandes etapas constructivas similares a los del Templo Mayor de México-Tenochtitlan. El patio, de buenas proporciones, tenía escalinatas en tres de sus lados (norte, sur y este), varios adoratorios colocados al centro, celdas habitacionales comunicadas entre sí por medio de pasos exteriores, muros y, hacia el norte, una gran plataforma que le daba unidad arquitectónica. Cabe destacar que en cada uno de los adoratorios se recuperaron ofrendas importantes.

EHÉCATL DIOS DEL VIENTO

Usualmente se le interpreta como una de las manifestaciones de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, tomando el nombre de Ehécatl-Quetzalcóatl, apareciendo en el aliento de los seres vivos y en las brisas que traen las nubes con lluvia para los sembradíos. Y se cuenta históricamente que, es uno de los dioses principales de la creación y héroe cultural en las mitologías de creación del mundo. Su aliento inicia el movimiento del Sol, anuncia y hace a un lado a la lluvia. Trae vida a lo que está inerte. Se enamoró de una muchacha humana llamada Mayáhuel, y le dio a la humanidad la habilidad de amar para que ella pudiera corresponderle su pasión. Su amor fue simbolizado con un hermoso árbol, el cual crece en el lugar en el que llegó Ehécatl a la tierra.

Según el mito azteca, luego de la creación del quinto sol, éste estaba fijo en un punto del cielo, al igual que la luna, hasta que Ehécatl soplo sobre ellos y los puso en movimiento. Usualmente era representado con una máscara bucal roja en forma de pico. Con ella limpiaba el camino para Tláloc, dios de la lluvia, y los Tlaloques, dioses menores de la lluvia. En ocasiones se le representaba con dos máscaras, tiene un caracol en el pecho, pues el viento es usado para tocar el caracol, y asemeja el sonido del viento; Sus templos normalmente tenían forma circular, para tener menor resistencia al viento y ayudar a su circulación. A veces se le asociaba con los cuatro puntos cardinales, pues el viento viene y va en todas direcciones.

Se le representaba con diversos nombres según el lugar donde procedía. Su aliento inicia el movimiento del sol, anuncia y hace a un lado a la lluvia. Trae vida a lo que está inerte. Se enamoró de una muchacha humana llamada, Mayáhuel, y le dio a la humanidad la habilidad de amar para que ella pudiera corresponderle su pasión. Su amor fue simbolizado con un hermoso árbol, el cual crece en el lugar en el que llegó Ehécatl a la tierra. Según el mito mexica, luego de la creación del quinto sol, éste estaba fijo en un punto del cielo, al igual que la luna, hasta que Ehécatl soplo sobre ellos y los puso en movimiento.

miércoles, 14 de mayo de 2014

COYOLXAUHQUI LA DIOSA QUE ENFRENTO AL PODEROSO HUITZILOPOCHTLI

LA LUCHA DEL SOL VS LA LUNA EN EL CENTRO HISTORICO

Coatlicue era la diosa de la vida y la muerte. Su nombre significa "la de la falda de serpientes". También se le llamaba Tonantzin, "nuestra muy venerable madre", Madre de los Centzon Huitznáhuac o Cuatrocientos Surianos, dioses de las estrellas del Sur, así como de la diosa Luna Coyolxauhqui, que regía a sus hermanos. Coatlicue estaba viviendo en Coatepec, por el rumbo de Tula, donde hacía penitencia; tenía a su cargo barrer. Una vez, mientras barría, cayó del cielo un hermoso plumaje, que ella recogió y colocó en su seno. Cuando terminó de barrer, buscó la pluma que había guardado, pero no la encontró. En ese momento, quedó embarazada. Al saber los Cuatrocientos Surianos que su madre estaba encinta, se enojaron mucho. Lo consideraron una afrenta. Su hermana Coyolxauhqui, cuyo nombre significa "la de los cascabeles en el rostro", les dijo que, efectivamente, los había deshonrado y debían matarla. Coatlicue se espantó y se entristeció mucho.

NACE EL PODEROSO HUITZILOPOCHTLI

Pero su hijo Huitzilopochtli, que estaba en su seno, le decía: "No temas, yo sé lo que tengo que hacer". Sus palabras la consolaron, calmaron su corazón y la tranquilizaron. Mientras tanto, Coyolxauhqui incitaba y avivaba la ira de los Cuatrocientos Surianos, que se aprestaron para la guerra. Resueltos a acabar con su madre, los Surianos se pusieron en movimiento. Guiados por Coyolxauhqui, iban ataviados y guarnecidos para la guerra, marchando en orden. En ese momento nació Huitzilopochtli, cuyo nombre significa "Colibrí surdo". Con el fuego de la serpiente hecha de teas Xiuhcoatl, que obedecía a Huitzilopochtli, éste hirió a Coyolxauhqui y le cortó la cabeza en la ladera de Coatépetl, "la montaña de la culebra". El cuerpo de la diosa rodó hecho pedazos; por diversas partes cayeron sus manos, piernas y cuerpo. Su furioso hermano arrojó su cabeza al cielo y ella se convirtió en la Luna. Huitzilopochtli, también el dios Sol, persiguió a los Cuatrocientos Surianos, desde la cumbre de Coatépetl hasta el pie de la montaña. En vano se revolvían contra él; nada pudieron hacer, no pudieron defenderse.

EL HALLAZGO DE LA DIOSA LUNA

La madrugada del 21 de febrero de 1978, trabajadores de la desaparecida compañía de Luz y Fuerza del Centro reportaron el hallazgo (en la esquina que por aquel tiempo conformaban las calles de Guatemala y Argentina, en el Centro Histórico de la Ciudad de México) de un extraño monolito. Su misterioso relieve -apenas liberado-, parecía advertir que se trataba de un monumento de la época prehispánica. Hasta ese lugar se reportaron arqueólogos del INAH, enviados por la Oficina de Salvamento Arqueológico, que acudieron al desesperado llamado de los electricistas.

CARACTERÍSTICAS DE LA  COYOLXAUHQUI

La Coyolxauhqui  es un bloque de roca volcánica de color rosado claro de un peso cercano a las 8 toneladas. Colocado en posición horizontal, de acuerdo con la cosmogonía mexica, en la que las deidades de la tierra estaban dispuestas en el suelo, su diámetro es irregular de 3.04 mínimo a 3.25 m máximo, y su grosor total es de 30.05 cm. El relieve muestra a la diosa Coyolxauhqui mutilada de brazos y piernas, con gotas de sangre que manan de las extremidades. En la época prehispánica, este monolito estuvo colocado al pie del Templo Mayor, en el lado correspondiente al adoratorio del dios Huitzilopochtli. Se estima que su datación corresponde a la etapa constructiva IV del Templo, durante el gobierno del Tlatoani Axayácatl 1469-1481.

EL GRAN MUSEO DEL TEMPLO MAYOR

En 1987 se construyó el Museo del Templo Mayor, anexo al templo mismo, y que se inauguró el 12 de octubre de ese mismo año. Las ruinas pueden ser vistas de cerca, caminando por unas pasarelas que le dan la vuelta al complejo. El museo tiene 8 salas y se exhiben miles de objetos precolombinos que provienen de más de 110 ofrendas descubiertas en el templo. Se sigue investigando el templo y sus objetos. Las salas del ala sur están dedicadas a Huitzilopochtli y salas del ala norte están dedicadas a Tláloc. Aquí se encuentra todo lo relacionado con la cultura mexica que quedó sepultada bajo los edificios virreinales. La historia comienza desde la peregrinación iniciada por los mexicas en Aztlán hasta su llegada al lago de Texcoco.

EL LEGADO DE LA GRAN TENOCHTITLÁN


El museo muestra en sus ocho salas las genealogías y roles de los dioses, al tiempo que se exponen los objetos utilizados en sus ritos y sacrificios. Ofrendas, tributo, piezas de trueque, como máscaras, conchas, joyas de oro y plata, nos hablan del intercambio cultural, movilidad y alcance de los mexicas. Las cosmovisiones vinculadas con los dioses que fueron ahí enterrados como la Coatlicue, Huitzilopochtli (dios de la guerra); la Coyolxauhqui (diosa de la Luna), Mayahuel (diosa del pulque), o Tláloc (dios de la lluvia y la fertilidad agrícola), conducen a un mundo que promete, gracias a los arqueólogos, ampliarse aún más con recientes descubrimientos, como el de la diosa Tlaltecuhtli (que supera en tamaño al Calendario Azteca), los restos de pintura mural en el Templo Rojo o la procesión de guerreros en la Casa de las Águilas. 
Roberto Samael C E

viernes, 3 de enero de 2014

IGLESIA DE SANTA INÉS

La fundación del Convento de Santa Inés se inspira en esta forma de percibir el mundo. Durante los años virreinales se forjó en la Nueva España la costumbre de participar en la vida religiosa ingresando a algún miembro de la familia al clero o bien aportando donaciones a las congregaciones necesitadas, siempre con la esperanza de obtener el favor divino. A pesar de no tener hijos, el matrimonio formado por doña Inés de Velasco y Diego de Caballero fundó el Convento de Santa Inés, iniciando así su devenir, en una historia que ha trascendido hasta nuestros días.

Doña Inés de Velasco y Diego de Caballero poseían importantes negocios en la Nueva España, ya que eran dueños del ingenio azucarero más importante del virreinato, que se ubicaba en Amilpas cerca de Cuautla. Por su parte, el padre de Inés, Bernardino del Castillo, estuvo al servicio de Hernán Cortés como mayordomo, en la conquista del mar del Sur y en las expediciones a California, hecho que le valió los títulos de alcalde ordinario en 1558 y de la Mesta un año después. De igual forma fue premiado con ricas tierras, incluyendo un importante solar en la Ciudad de México que heredó a su hija. La unión de ambas fortunas fructificó en limosnas para la iglesia de San Francisco y en la fundación de un monasterio novohispano que albergara a jóvenes sin recursos que desearan ingresar al convento y dedicar su vida a la oración. En aquel tiempo existían ya 10 fundaciones en la Ciudad de México pero eran insuficientes y no cualquier familia podía aspirar a ellas. Santa Inés nacería totalmente de la iniciativa privada, con la autorización eclesiástica correspondiente; no se cobraría dote y, según el testamento de doña Inés, sus bienes servirían para cubrir por completo los gastos de sus habitantes. Terminada en 1770, la iglesia resulta interesante sobre todo por los relieves en madera que hay en sus puertas exteriores, y por su cúpula, graciosamente adornada con fajas de azulejos que semejan rebozos. Considerado como un templo de transición entre el estilo barroco churrigueresco y el neoclásico que floreciera en el siglo XIX, esta iglesia pertenecía al Convento de Monjas del mismo nombre y en cuyo claustro se alberga hoy el Museo José Luis Cuevas. En este templo fue enterrado Miguel Cabrera, reconocido pintor novohispano.


Miguel Cabrera nació en Antequera de Oaxaca en 1695. Los nombres de sus padres son desconocidos, pero de sus tíos se tiene noticia de que fueron una pareja de mulatos. Se presume que se formó en el taller de José de Ibarra en donde inicia su actividad artística hacia 1740. Cabrera tal vez sea el pintor novohispano más conocido en México, puesto que se le atribuyen trescientas obras aproximadamente. Por una parte, se encuentra su pintura relativa a la vida de diversos santos, como Vida de San Ignacio en la Iglesia de La Profesa en la Ciudad de México y Vida de Santo Domingo en el monasterio de la misma ciudad. Su obra ganó tal fama y reconocimiento en la Nueva España que llegó a ser pintor de cámara del arzobispado de México, Manuel Rubio y Salinas.
La pinturas es del pintor de origen oaxaqueño Don Miguel Cabrera y se titula, el suplicio de Santa Prisca.